miércoles, 27 de agosto de 2008

Manifestantes enjaulados

Si el otro día hablábamos de la gran cantidad de policía, podemos referirnos hoy a un número casi igual de manifestantes. Denver está lleno de políticos y de periodistas, dos grupos que son el objetivo primario de todo grupo organizado que desea protestar por algo. No se puede dar un paso sin toparse con una pancarta: defensores de los animales, opositores al aborto, cristianos renacidos, trabajadores en huelga... Algunos republicanos vienen a incordiar y muchos demócratas sacan a la calle su antipatía por John McCain. Los más temidos son si embargo los antisistema, esos chavalillos anarquistas que con la cara tapada y banderas naranjas se reunen inquietantes en algunas esquinas. Máscaras de gas, botas militares y, como me hace ver esta mañana un taxista, ropa de marca y tarjeta de crédito.

Se manifieste quién se manifieste, siempre está bien rodeado de un número elevado de policías antidisturbios que no quita ojo.El peligro se minimiza. No les dejan salir de los parques y otras zonas cerradas, muy lejos de las personas a las que pretenden llegar. Ésa es su principal queja, la restricción de movimientos que consideran un atentado contra su libertad de expresión. Las ciudades han aprendido mucho sobre control de protestas desde la dramática convención demócrata de Chicago en 1968, cuyos espectaculares disturbios en plena guerra de Vietnam fueron vistos en directo por todo el país, especialmente la violenta represión policial ordenada por el alcalde Richard Daley (cuyo hijo, por cierto, es también hoy alcalde de Chicago).

Nada de esto está presente en Denver, pero hay que reconocer que las protestas dan colorido a la convención y que estas citas son una plataforma envidiable para todo el que tenga algo que decir. Espero que no cambie en el futuro.

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